─¿Qué tal el día, Julián? ─preguntó el extraño al camarero.
─Nefasto, la verdad. Sois mis primeros clientes esta noche.
─¿Enserio? Siendo sábado resulta algo extraño...─dijo el extraño─¿No han venido Carlos y Manuel? Es raro en ellos.
─Baah...¿Qué es pongo?
─¡Hóstia, perdona!─dijo, mirándome─. Este es...─frunció el ceño─¿Cómo te llamabas?
Me dejo perplejo.
─No te lo he dicho ─dije.
─¡Qué cachondo! ─se volvió hacia al camarero con la mirada más falsa que he visto jamás─¿Óscar, no? ─un silencio incómodo nos acompañó durante unos preciosos segundos─No, espera, mmm...¡JORGE!, ¿eh?
─No, señor, me llamo Pablo. Pablo Villa...─entonces por algún motivo decidí mentir─...pollas.
─¿!Villapollas!?─saltó el camarero.─¡La hóstia, qué crack!─y empezaron a reírse a carcajadas. No les culpo, sinceramente.
Luego de un largo rato haciendo rimas y otras bromas con mi supuesto apellido, el camarero nos puso una caña para cada uno, él inclusive. Mientras me la bebía, no podía evitar mirarle ese horrible collar. ¿Porqué llevaría ese iogurt colgante? Resultaba algo peculiar alardear de su supuesta riqueza con eso colgando del cuello. Tanteaba la opción de preguntárselo, pero quizá necesitase tres copas más, o uno de esos impulsos frenéticos que a veces sacuden tu vida. Soy asaz de tímido la verdad, todo hay que decirlo. Me cuesta un montón entrarle a la gente, indistintamente del género. A decir verdad, llevaba un buen rato queriendo saber su nombre, para dejar de llamarle extraño y tal, pero tampoco me importaba demasiado, pensando a largo plazo que eso sería totalmente irrelevante para mi, así que lo deje pasar de nuevo.
Me terminé la copa, al igual que mi casual compañero, que ahora se hallaba hablando de fútbol con el camarero. Me importa una mierda el fútbol, la verdad. Sé un poco, pero en general no doy pie con bola. Sí.
─¿Qué quieres tomar ahora, Pollas?─me preguntó el extraño.
De pronto me sentí enormemente deprimido. Por alguna razón me vine abajo. Quizá fuera por la deprimente luz color pis que inundaba el bar, o por el hedor de la purria acumulada, o incluso por la cínica pregunta de porqué me hallaba un sábado por la noche en compañía de un hombre extraño, de un feliz día de Navidad, en el peor...Bueno, que más da. Todo estaba mal. Incluso yo estaba mal. Al fin y al cabo yo era un mendigo, lo que debería estar haciendo es dar gracias por tener compañía y cobijo. Pero no, de todas formas seguía siendo un desgraciado. No sé porqué pero en ese mismo instante deseé encontrarme con Juanjo, sentarnos en una ardiente hoguera y parlotear de lo que fuese la vida. Pero en fin, allí estaba yo, atontado, totalmente noqueado, y esperando...; como si estuvieses en una parada de autobús aguardando la muerte.
─Un whisky doble, sino es mucho pedir─dije.
─¡Qué dices doble! ─gritó el extraño─ ¡Qué sea triple!
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