lunes, 23 de enero de 2012

Verano de 1941 - Recuerdos del abuelo

Era un poco más de las cinco de la tarde en San Cristóbal. El fuerte viento azotaba los enormes árboles haciendo revolotear los últimos pájaros de la zona y el cielo, con abundantes nubes y con el Sol escondiéndose tras la colina, formaba un hermoso celaje. Cuando el abuelo Martin llegó al rancho, bajo el zaguán, sentado encima de un diminuto taburete de madera, se hallaba Pablo jugando con un viejo yo-yo. El abuelo se acercó.

─¡Mira, Pablo! !Mira!─anunció el abuelo Martin, dejando caer en el suelo dos conejos atados de un palo─ Tienen buena pinta, ¿no te parece?

Pablo los miró con indiferencia. Les dio unas pataditas como queriendo comprobar su autenticidad y siguió sacudiendo el yo-yo. El abuelo Martin cogió otro taburete, descargó la mochila y la escopeta que llevaba en la espalda y se sentó a su lado.

─¿Qué ocurre? ─preguntó con impaciencia. Pablo seguía sacudiendo el yo-yo, haciendo caso omiso a la atención del abuelo─ ¡Pablo, estáte quieto! Por favor te lo pido...─En seguida se detuvo. Con la boca apretada en un gesto de disgusto, sin dejar de agarrar el yo-yo, entrecruzó los brazos y fijó la mirada al techo.
─Ahora dime, ¿qué te pasa? ─insistió el abuelo.

─Me aburro...─murmuró Pablo.

─¿Has jugado con las gallinas?

─Ya no me quieren. Se me escapan.

─Vaya por Dios. ¿Y con “Clavo”? ─así llamaban a su perro─ Últimamente ya no juegas con él. Seguro que esta triste.

─No es verdad ─dijo Pablo─, no está triste.

─¿Has jugado con él entonces?

─No, no quiere. Esta muy débil, lo veo muy débil abuelo. ¿Come bien? ¿Le das de comer abuelo?

Hubo un breve silencio.

─¿Sabes qué? ─Pablo negó con la cabeza─Le daremos uno de los conejos a Clavo. Le prepararé un buen estofado, ya verás que contento se pondrá. ¿Qué te parece?

Pablo se levantó bruscamente.

─¡Este! ¡Este! ¡Abuelo! ─aulló Pablo, señalando a uno de los conejos─ Este es el más grande. Clavo necesita comer mucho.

─¿El de la mancha gris?

Pablo asintió enérgicamente.

─Pues no se hable más. En cuanto tenga listo el estofado, lo pondremos en un recipiente y se lo llevaremos.

─ ¿Tardarás mucho abuelo? ─preguntó Pablo, rascándose el pelo─ Eres muy lento para hacer la comida. A veces yo paso hambre, Clavo lleva más tiempo pasando hambre. ¿Se morirá si tardas mucho?

El abuelo Martin se echó a reír. Rara vez se veía al abuelo sonreír. Era un hombe duro, pero en el fondo era como cualquier humano, con sus más y sus menos.

─Procuraré ir más rápido Pablo, pero el estofado necesita tiempo ─el abuelo se puso la mano en la espalda, y soltando un suspiro que casi era un lamento, se irguió por completo─ También debo preocuparme de que este rico, así que no me metas tanta prisa, Pablo.

─Una vez no estaba rico ─dijo Pablo─. Había un bicho en mi sopa. ¿Te acuerdas abuelo? Ese día te salió muy mal.

─Claro que me acuerdo, pero eso no fue por mí culpa. ¿Tu crees que lo hice apropósito?

Pablo negó con la cabeza.

─Vamos adentro, así me ayudas a cortar los tomates.

─¡No! ─replicó Pablo─ Quiero ir al río a ver los peces. ¿Puedo ir verdad?

─Luego te quejarás.

─Juro por Dios que no me quejaré ─dijo Pablo poniendo manos de ángel.

─Por Dios no se jura Pablo. ¿Dónde has oído eso?

─En el colegio. Miguel lo dice siempre.

─No sé si este Miguel es buena influencia para ti. Tendré que ir a hablar con sus padres.

Pablo ya no prestaba atención al abuelo. Una mosca revoloteaba por el aire y esa era toda la preocupación que tenía Pablo en ese instante. Intentaba atraparla con las manos pero siempre se le escapaba. Después de varios intentos más, paró. Y de una forma casi masoquista, se desplomó cayendo de rodillas en el suelo de piedra, lleno de gravilla.

─¿Ya te has vuelto a deprimir? ─dijo el abuelo, con tono burlón.

─¿Porqué no vivimos en el pueblo abuelo? ─interrumpió Pablo, sentándose de nuevo en el taburete y poniéndose las manos de anteojera─ Mis amigos viven en el pueblo. Cuando terminan las clases algunos van a jugar al parque. ¿Porqué no puedo ir yo también?

─Ya hemos hablado de eso, Pablo. Sabes muy bien que si pierdes el autobús luego no puedo ir a buscarte a la estación. Soy demasiado viejo para ir andando hasta el pueblo. Pablo, de veras lo siento.

─¿Compramos una moto? ─dijo Pablo entusiasmado─ A Miguel vienen a recogerle en moto. Dice que ir con moto es genial ─se guardó el yo-yo en el bolsillo de la chaqueta.

Con cierta dificultad el abuelo Martin recogió el equipo, cogió el palo de caza, y yendo hacia a la puerta dijo:

─Tú abuelo trabaja muy duro todo el día para que tengamos algo con que llenar el plato, ¿cómo quieres que compremos una moto? Venga, entremos en casa.

Y desapareció tras la puerta.

Pablo, con vagancia, volvió a sacar el yo-yo. Nunca se había sentido tan solo.

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