Entré en el supermercado y compré una barra de pan y algo de embutido. Salí de allí ansioso por clavar el primer bocado, pero mis principios dicen, aunque suene irónico, que hay que hacer las cosas bien, comer sentado y en un lugar agradable. Poco después mordisqueé la punta del pan.
El día empezó a ceder ante la oscura noche y las farolas, con luz tenue, se encendieron a mi paso. Pensé en regresar a la plaza Miró pero opté por pararme cerca del paseo náutico. Me senté en uno de los bancos que daban al océano y empecé a comer. Devoré aquello en tiempo récord. Me sentó realmente genial. Hurgué en mi bolsillo y saqué las monedas restantes. De pronto, un hombre se sentó a mi lado. Me asusté un poco. No había que tener mucho ojo para ver que también era un indigente. Llevaba un sombrero azul oscuro con manchas en los bordes y en el cuello le colgaba un collar hecho con bolsas de plástico y un envase de iogurt como componente. Tenía unos ojos minúsculos e inexpresivos, con incontables arrugas. Era mucho más viejo que yo, rondaría los 60. Le sonreí a modo de cortesía y esperé alguna correspondencia, pero lo único que recibí a cambio fue el canto de un grillo. Volví a guardar las monedas en el bolsillo y entonces se giró.
─Tranquilo ─dijo─, no te voy a robar nada. Tienes 93 céntimos.
─Ah...─saqué otra vez las monedas y las sumé. Las guardé de nuevo─ Gracias señor.
─¿Qué te ocurrió?
Se acomodó en el banco y encendió un cigarro.
─¿Cuando?
─Chico, ¿porqué estás en la calle?
─Ah....bueno, es una larga historia.
─Entiendo...─exhaló una bocanada de humo─ ¿Quieres ir a tomar una copa?, conozco un bar aquí cerca. Te invito.
─¿Invitarme?
─¡Que pasa!, soy rico chico. Vamos.
¿Rico?, pensé. Parecía cualquier cosa menos rico.
─Bueno, no tengo otra cosa que hacer─le dije, con una risita.
Nos levantamos y partimos calle abajo.
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