jueves, 5 de enero de 2012

Día primero - Mediodía

Entré en las oficinas del Diskonter. En secretaría me dijeron que esperase en una sala. Que me llamarían enseguida. Estaba llena de gente, al parecer no era el único que vio el anuncio en el periódico. Hacía más de dos años que andaba buscando trabajo, todo lo que había estado haciendo desde entonces era deambular por la ciudad en busca de caridad. Me habían rechazado en todos los sitios donde había vacantes. Me decían: “Lo siento señor, no cumple con los requisitos”. Bien, tampoco iba con mucha esperanza.
Entonces me llamaron por megafonía.
Señor Villafanes preséntese en la oficina de recursos humanos.
Entré y me senté en un de las sillas. Él estaba al otro lado del escritorio, sentado en un sillón de cuero acolchado, mirándome. Era un hombre joven, aparentemente de unos 30 años. Pelo rizado y oscuro, algo brillante por el engominado.
¿Le gusta mi traje?─me preguntó mientras se ajustaba la corbata.
Me gustan más las hamburguesas.
¿Cómo dice?
No está mal.
Me miró satisfecho. Luego se levantó y se quedó mirando un cuadro con el logo de la empresa. Entonces señalándome dijo:
¿Quién le ha dado permiso para sentarse?
No contesté. Simplemente decidí levantarme.
El hombre con traje cogió algunos papeles de la mesa. Los leyó.
¿Es usted Manubrio Tocapollas?
No...
Yo tampoco.
Y dijo:
Disculpe...¿Pablo Villafanes?
Ese soy yo.
Bien, aquí pone que no tiene estudios, ni hogar siquiera. ¿Es usted un vagabundo?
Conceptualmente, sí.
¿Y que le hace pensar que le vamos a coger? Ahí fuera hay 30 personas más como usted queriendo un sueldo. Y con hogar. Algunos con estudios universitarios.
No lo sé señor. Lo necesito igual que ellos. Tal vez más.
Por lo visto sí. Pero nosotros no nos regimos por la necesidad de la gente, sino por su experiencia, sus conocimientos en la materia, su profesionalidad, etc.
Tenía que intentarlo. Un placer.
Salí de allí y me dirigí a la salida. La secretaria me despidió con un ;“Que tenga un buen día”. Igualmente respondí yo.
Y así empezaba el día. Era sábado.
Bajé calle abajo por la Avenida Carallos hasta encontrarme con mi amigo Juanjo. Siempre estaba allí, sentado en el portal de la família Goñapons acompañado por su inmortal perro. Me miró con los ojos entreabiertos y sonrió mientras señalaba el sombrero estacionado en medio de la acera. Miré adentro. Luego acaricié al perro.
─¿Dos centimos, Juanjo? ─pregunté con pesadumbre.
─¿No es increíble? ─empezó a toser, el perro se alarmó─ Llevo expuesto al sol 4 horas, medio centimo por hora.
─No seas cínico.
─¿Tú cuanto tienes, Pablo?
─Nada, vengo de una entrevista de trabajo.
Juanjo se echó a reír. No pude evitar reírme yo también, su risa era realmente contagiosa. No había motivo para ello pero nuestra vida era un mierda y solo nos quedaba el lado más humano de la vida, nuestra emociones. Que aunque carecían de felicidad, intentábamos sacar una pequeña y corta sonrisa de entre todos nuestros tristes y vulgares actos. Me despedí de él abrazándole y deseándole toda la suerte del mundo y seguí mi camino. Anduve por la ciudad durante más de 1 hora, mirando los escaparates de las tiendas y observando como la gente salía de ellas con enormes bolsas repletas de regalos. Mi vida era tan monótona que no me daba cuenta del paso del tiempo. Las estaciones del año se me dividían en frío o calor, eso era simplemente lo que sentía, lo que sufría. A decir verdad, me daba igual si estábamos en Navidad, yo iba a seguir siendo igual de pobre. No recibiría ningún regalo. Y probablemente no lo recibiría jamás. Pensar en todo aquello me producía una enorme nostalgia. ¿Dónde estás Dios, cuando la gente te necesita?
Llegué a la plaza Miró y me senté en uno de los bancos. Miré el reloj del campanario. Marcaban casi las 12:00 del mediodía. La plaza estaba abarrotada de familias paseando felizmente por aquellos andares. Apenas me acordaba de la simple sensación de pasear por gusto, y luego al cansarte, regresar a casa a descansar o tal vez acabar comiendo en un buen restaurante. Poco después el sonido de las campanas inundó el parque. Y mientras las palomas allí presentes empezaron a volar, yo puse un recipiente de cartón en el suelo y esperé que pasara algo.

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